Diario de un aficionado al vino: Elogio del hemisferio derecho

Diario de un aficionado al vino: Elogio del hemisferio derecho

Existen razones visuales y organolépticas para elegir un color específico en el cristal de una botella de vino. La paleta posible presenta nombres como el verde musgo, el canela, el topacio ámbar o el negro ibérico. Cada uno se adapta mejor al tipo de vino que lleva dentro. Así, por dar un ejemplo, el verde musgo sería apropiado para tintos jóvenes y de crianza. Y hasta aquí la parte teórica.

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Diario de un aficionado al vino: Elogio del hemisferio derecho

Una parte teórica breve porque aquí hablamos desde el punto del vista del aficionado, más pegado a la subjetividad que a las teorías de los expertos. Desde esa subjetividad, tengo que admitir que, puestos a elegir, me gustan los vinos que vienen en botellas oscuras, casi negras, porque su mayor desventaja es su punto fuerte. O al revés. Vamos a explicarlo.

Como somos subjetivos pero ordenados, estrenamos nuevo párrafo para explicarlo. Digamos que la botella tradicional, la que permite ver cuánto se ha consumido y cuánto queda es perfecta para la parte racional del cerebro, la izquierda, la que constantemente va valorando lo que queda, lo que se va a necesitar, y según ese cálculo, va sirviendo o dosificando la cantidad para que nada falte ni sobre.

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Diario de un aficionado al vino: Elogio del hemisferio derecho

Pero no todos los días uno bebe con el lado izquierdo del cerebro. También los hay en los que apetece abandonarse un poco y dejar que sea el hemisferio derecho el que abra la pequeña nevera, el que elija una botella de cristal negro y la descorche con esa misma sensación en la mano del que agita un par de dados frente a la mesa del casino, con una rubia dibujada por Banville mirando, un mafioso tipo Soprano calculando tu jugada y un cronista de los de máquina de escribir recopilando detalles para después contarlo.

Ese espíritu de juego es el que se escapa de una botella negra nada más depositarla en la mesa. Desde el momento en el que se prueba la primera copa, todo el resto es una partida que se juega a ciegas. No hay forma de valorar lo que se va bebiendo y lo que queda, así que es bastante probable que se adelante ese instante en el que, al volcar la botella, ya no quede nada. Cada copa es una carta más que se pide frente al crupier, que sabe que más pronto o más tarde vamos a superar la cantidad permitida que nos va a echar de la mesa.

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Diario de un aficionado al vino: Elogio del hemisferio derecho

Sí, es una mano siempre perdida, sobre todo cuando el vino es bueno y, en vez de dosificar lo que tenemos, lo vamos disfrutando, olvidándonos del futuro, de los cálculos, de esa obligación de ver la vida como una hoja de Excel. Y ahí está en placer, en hacer más grande el presente a costa de hacer más pequeño el futuro. Por eso, aunque se quede sin vino, una botella negra nunca está del todo vacía.

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