Diario de un aficionado al vino: La pequeña Berta

Diario de un aficionado la vino: La pequeña Berta

En la mesa se ha reunido una familia que va creciendo poco a poco. En una esquina hay un nuevo carrito en el que duerme la más pequeña, de cinco meses, mientras su madre la acuna con la mano derecha y trata de atender a la conversación del resto de la mesa. Una conversación en la que se mezclan varios temas porque no hay uno que se imponga. Los asuntos eligen a los que hablan, o tal vez sea al revés. Una lesión de fútbol. Un negocio que tarda en arrancar bajo la presión de un jefe que pide rentabilidad desde el primer momento. El camarero se acerca y se le hace un hueco para los primeros, en los que tampoco ha habido acuerdo. Los que quieren embutidos, los que sueñan con el paté, los que se conforman con una ensalada. El esfuerzo del camarero por acertar con cada uno de esos platos no tiene éxito y, cuando se aleja, estos vuelven a cambiar de sitio, cruzándose como si avanzaran por un nudo de autopistas. Las risas de la madre de la niña, de la cuñada, del hermano. Unas risas a las que los demás quieren sumarse demasiado tarde porque el comentario solo ha estado un instante fuera del agua antes de sumergirse de nuevo en ella. En el otro extremo de la mesa los niños comen lentamente, agarran sus vasos con las dos manos para beber y reciben las quejas de los padres para que coman más deprisa y los elogios de los abuelos, para los que todo lo que hacen está bien, en esa alianza en la que comparten algo que los demás jamás descubriremos. Los cubiertos cruzados, las manos de los camareros que recogen los platos y unas cuantas pullas que saltan la mesa de un lado a otro acerca del partido del miércoles como un largo pase. Ese partido. La niña se mueve en su carrito y la madre le susurra algo para que siga durmiendo. Los demás se callan como si cruzaran una aduana en la Prohibición con el maletero lleno de botellas de whisky. Hasta los niños agachan sus palabras para que no les delaten. La niña cierra los ojos y los camareros, que parecían esperar esa señal para servir los segundos, hacen que el mantel vuelva a florecer. Ese instante en el que todos sospechan que el plato que deberían haber elegido está al otro lado de la mesa. Las pruebas. Los comentarios. Y la interrupción, antes del postre, en la que se le entregan los regalos a la abuela. Todo este esfuerzo sin esfuerzo de una familia que, en sus diferencias, busca unirse como en ese momento el que, después de brindar por mucho años, comparten el vino de la misma botella.

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