Diario de un aficionado al vino: Nessun dorma

Diario de un aficionado al vino: Nessun dorma

Son las ocho de la mañana del domingo. Las copas están boca abajo en la pila, sobre un paño de color naranja. El lavavajillas guarda el menaje que usamos a la espera de que llenemos la bandeja de arriba. La comida que sobró está en la nevera, cubierta con papel de plata. Sobre la mesa hay dos botellas de vino: la primera que abrimos, ya vacía, y la segunda, de la que queda ya muy poco. Todos duermen.

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Diario de un aficionado al vino: Nessun dorma

Sé qué programa sonará en la radio si la enciendo, pero prefiero quedarme un poco más en silencio porque esta parte de la fiesta me gusta especialmente. No es que ayer la celebración fuera perfecta, pero con la edad aprendes a aceptarla como se presenta, con los niños corriendo por el salón, con el cansancio de la semana compartido por los adultos, con unas conversaciones que no abandonan el trabajo como una peonza la pequeña porción de terreno sobre la que se mueve, con las actuaciones de Eurovisión a las que no prestamos atención de fondo.

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Diario de un aficionado al vino: Nessun dorma

Sin embargo sí que conseguimos agrietar la velada. Pequeñas cosas. Suficientes. El comentario sobre el queso. La discusión sobre una bicicleta robada. Las carcajadas de la pequeña Berta cada vez que oía reírse a su padre. La mezcla de miedo y esperanza con la que se espera el futuro. Anécdotas intrascendentes. Y la ronda del primer vino y los comentarios positivos sobre el mismo, las preguntas sobre la uva, sobre la añada, sobre el sitio en el que se compró. Pasamos la botella porque la huella de la mano que aparece en la etiqueta nos gusta a todos. En la parte de atrás se podía leer “Hasta las estrellas, vive la noche, que nadie duerma”, pero la cena terminó pronto porque los niños, ajenos al nessun dorma, empezaban a tener sueño. Dos copas rápidas y ahora todo el hielo preparado derretido en el cuenco.

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Diario de un aficionado al vino: Nessun dorma

Me siento junto a la mesa de la cocina. La cena todavía no ha terminado. En este silencio, la aguja sigue dando vueltas al final del disco. Vueltas y secas, las copas han recuperado ya la elegancia que presentaban en la mesa ayer, cuando todo estaba ya listo una hora antes de que llegaran los invitados. Miro el reloj y doy por buena la hora que veo para dar por cerrada la reunión. Pongo la radio. Suena “Café del sur”. Del armario saco uno de los vasos que usamos diariamente y me sirvo el vino que queda en la segunda botella hasta terminarla.

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