Diario de un aficionado al vino: Un miércoles afortunado

Diario de un aficionado al vino: Un miércoles afortunado

Al levantar la cabeza en mitad de la boda de Belén y Álvaro veo a los pájaros volar sobre nosotros, como sobre un campo repleto de semillas, y escucho el mismo piar que abre el tema “Yellow Fever Psalm”, de Jocelyn Pook. Así que eráis vosotros, me digo. Tanto tiempo y aquí estáis.

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Diario de un aficionado al vino: Un miércoles afortunado

El verdadero valor de un rito nunca se puede juzgar en el presente, porque su valor está en la capacidad que tenga, pasado el tiempo, de provocar conexiones que hagan vibrar ese instante futuro. En el presente solo se presenta una intuición, que en este caso tiene una fuerte base, más que sólida, líquida: después de la ceremonia los novios nos ofrecen una selección de veintiún vinos que podremos ir catando tranquilamente en una sala especial de una bodega, con una orquesta de jazz de fondo, las luces de las velas sobre los toneles e inmersos todos en esa agitación compartida de la gente que se lo pasa bien.

Veintiún vinos. No creo que nadie pueda probarlos todos, aunque ponga el mismo empeño que yo en ello. La mujer que atiende la mesa, mayor, de ojos claros, me sirve las copas sin dejar caer una sola gota y me las entrega por el tallo, como flores recién cortadas.

-Yo tengo mi favorito – me dice – pero no puedo decirlo.

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Diario de un aficionado al vino: Un miércoles afortunado

Veintiún vinos. Todos sabemos que la selección ha sido realizada por el novio con cuidado de orfebre y queremos disfrutarla. No en vano el primer recuerdo que tienen aquí de él, en un miércoles afortunado para la pareja, fue su presentación con una camiseta con el lema “Se vende vino”. Hay alguno que ya se ha acabado cuando me decido a probarlo. La mujer de la mesa encoge los hombros como si le preguntara por un libro descatalogado y me propone otro.

Pero no está mal: que no pueda cumplir con la lista se debe a la generosidad de los novios. Ya solo con la mitad habrían hecho de esta boda algo especial, pero así se han asegurado que esta fiesta, en el fondo, nunca se termine. A partir de ahora, nos acordaremos de esta tarde, del viento en la recepción, del vaso de agua de la novia, del sol sobre los tejados, de la petición del alcalde de que hablen más alto, de lo discursos, de la canción de Miguel y de nosotros mismos cada vez que veamos una de esas veintiuna botellas.

Y la mujer que atendía la mesa, seguirá ahí, atenta, esperando hasta que probemos el último de esos vinos de la lista que se nos escaparon.

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