Diario de un aficionado al vino : Una tarde en el diecinueve

Diario de un aficionado al vino : Una tarde en el diecinueve

Literariamente hablando, los cimientos de esta casa a la que nos invitan a comer se encuentran en la biblioteca del ático, con obras que acaban en el diecinueve, la mayoría de autores extranjeros. Del siglo veinte están las referencias obligatorias, pero poco más. Esto hace que, para alguien como yo que vive de la literatura del siglo veinte, fiel a bastantes escritores actuales españoles, recorrer los kilómetros que nos traen aquí, suponga retroceder en el tiempo y descubrirse a más distancia de la que señala el mapa.

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Diario de un aficionado al vino : Una tarde en el diecinueve

Este amistoso enfrentamiento de bibliotecas personales también se da en el tema del vino. Nacho, como si el paladar estuviera ya condicionado por lo que lee, prefiere los vinos extranjeros, lejanos, con nombres que podrían aparecer en algunos de los diálogos de sus libros. Yo no dejo de presentarme en su casa con vinos basados en la garnacha o el tempranillo, fuertes, animándolo así a que les dé una oportunidad a los autores españoles mientras él, al servirme una de sus botellas, me transmite sus sospecha de que en cuestión de literatura no llegaré lejos si no asiento lo que sé en los libros clásicos.

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Diario de un aficionado al vino : Una tarde en el diecinueve

Hoy no es una excepción. Nacho abre un Anjou, con el que, lo reconozco, consigue adelantarse. Para aumentar la distancia, se presenta en la mesa con un Laurent Combier y es entonces cuando me aconseja que empiece con “En busca del tiempo perdido”. Es un golpe bajo porque con un vino así tendría mi sí garantizado a cualquier libro. Le digo que la tarea me asusta, pero me responde que aguante sus primeras doscientas páginas y que después notaré cómo las neuronas agradecen ese alimento. Ahoga cualquier queja sirviéndome otro vino.

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Diario de un aficionado al vino : Una tarde en el diecinueve

¿Estamos obligados a pasar lo que queda del día en el diecinueve francés?. No está todo dicho, claro: respondo con un Toro contundente que me permite recorrer la distancia perdida y aprovechar que estamos hablando de hoteles atípicos para sacar el tema de los faros. Les escucho decir que les gustaría pasar unos días en un faro. Cuando la imaginación ha hecho su trabajo, les hablo de “El faro por dentro”, el libro de Menchu Gutiérrez en el que narra su experiencia sobre los años en los que vivió en uno. La propuesta les resulta sugerente. Quieren saber más. Y se lo cuento, asegurándome de que en todas las copas siempre haya vino.

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Firmamos las paces en el neutral territorio de un Oporto. Es el momento de confesar todos los grandes libros que no hemos podido terminar para obtener la absolución de los demás.

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