Pago de Cirsus : Un paseo por el filo

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La primera impresión al ver la etiqueta de Pago de Cirsus no es buena. Sobre un fondo amarillo claro aparecen unas letras doradas, con lo que al llegar el camarero con la botella uno no sabe si lleva pegada una invitación a un bautizo, la cortinilla de una serie de época, la banda que se le cuelga a una belleza local o, simplemente, el trabajo de un diseñador menos inspirado que el guionista de las tres primeras películas de Star Wars.

Pero esa primera impresión, y esto es lo curioso, no viene sola. Al instante, esa etiqueta, que nos había alejado de la botella, nos acerca al vino que contiene. Por alguna razón inconsciente, que tendrá su demostración en cierta tesis olvidada en un pequeño departamento de una universidad americana poco reconocida, al ver que algo se perjudica a sí mismo tendemos a buscar una fuerza opuesta que lo contrarreste. O por decirlo sin rodeos, que al ver que la etiqueta no juega a favor del vino, uno desea, ya antes de verlo caer en la copa, que sea un gran vino, que se imponga a los guionistas de Star Wars, que haga olvidar el continente y nos demuestre, como defienden los románticos, que lo importante es lo que llevas dentro.

La estrategia, siempre que uno no sea tan insensible como una bola de mármol, es buena. Porque todo ese proceso que aquí se ha expuesto en un par de párrafos, en la realidad apenas transcurre en dos o tres segundos. La botella, al llegar, deja en suspenso todo lo que ocurre alrededor, rebajándolo, para reclamar para sí una atención que en cualquier otro momento, sumergidos en el esfuerzo de ser simpáticos, ocurrentes y agradables, apenas habría tenido. La botella, pues, adquiere une relevancia del ser-para-sí, y hasta el que ha pedido un refresco para comer estira el cuello para ver qué ha provocado ese silencio en el que se puede escuchar el tic-tac de algo que marca la cuenta atrás.

Llega el momento, pues, en el que el camarero sirve la primera copa para que se pruebe el vino. Y es como si la etiqueta, en medio de la atención general, le dijera al vino: yo ya he hecho mi trabajo, son tuyos, a partir de aquí depende de ti. Y el vino lo tiene fácil porque todos queremos que sea bueno, que triunfe, como el protagonista de esas películas que ha tenido una infancia dura, digamos que el Lip de la familia de los Gallagher, en “Shameless”, sobreponiéndose a un pasado difícil o a una etiqueta de las que te puede hundir antes de que te descorchen.

Y la historia y la estrategia funcionan bien porque este vino, según anuncian en la contraetiqueta, ha ganado numerosos premios y menciones y sinceras palmadas en la espalda. Hay gente que, diseñando etiquetas, camina por el filo.

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